La Templanza

10 de agosto de 2015 Cuando leí  El tiempo entre costuras,  primera novela de María Dueñas, me quedé sin palabras. Sin embargo, cuan...


10 de agosto de 2015

Cuando leí El tiempo entre costuras, primera novela de María Dueñas, me quedé sin palabras. Sin embargo, cuando salió a los años la serie televisiva sobre este libro no quise verla. Tampoco quise leer su segunda novela, Misión olvido. Es como si la autora estuviera condenada a que todo lo que tocara se convirtiera en oro y no tiene por qué ser así, pensé yo. Por eso, no quise quitarme el “buen sabor de boca” que me dejó la primera novela que leí por casualidad, como también por casualidad he leído la última que hoy comento, La templanza.

Si a El tiempo entre costuras le sobraban cien o más páginas, a La templanza, también. Pero eso es lo que tienen algunos best sellers, tienen que tener un buen número de páginas y ser “gordos” para entrar en el mercado. Y claro, que sea uno de los más vendidos también está condicionado por el (re)nombre del autor, el lanzamiento de la novela, el momento de su aparición, el lenguaje y estilo, la capacidad de suspense y amenidad, el alcance histórico, la intensidad de los elementos dramáticos,… 

Y va y resulta que La templanza reúne muchos de estos requisitos y hace que el lector se quede satisfecho después de haber leído este libro y haberlo entendido hasta el final sin grandes dificultades. Y es que esta novela utiliza algunas técnicas narrativas, semejantes a las que el cine comercial utiliza para captar la atención del receptor para quien ha diseñado su obra. Por ejemplo, en el final de muchos capítulos deja la escena a mitad, como pasa en las películas o en las series de televisión.

Además, María Dueñas escribe una historia coherente, con una estructura clásica que permite al lector no “perderse” en el desarrollo y explicación de los acontecimientos. 

Sus personajes están perfectamente diseñados para encajar en el puzle. En primer lugar tenemos al protagonista que es un “héroe”, pero no de los de ciencia ficción. Mauro Larrea es un hombre de carne y hueso cuya heroicidad se debe al haberse hecho a sí mismo. Y también a que su brutalidad y aspereza se equilibra en ocasiones con su humanidad. Junto al héroe está la “dama” atractiva y femenina, pero llena de valor y autodidacta. Y también están los “ayudantes”, Santos Huesos y Elías Andrade, que son la conciencia, los ojos y las manos de su amo y amigo. Como en todos los cuentos clásicos la historia también cuenta con los “antagonistas”: Tadeo Carrús, Carola Gorostiza, Alan Claydon… que intentarán impedir que la historia consiga el esperado final feliz, aumentando la emoción y la tensión puntualmente.

Algunos elementos narrativos conseguirán mantener el suspense hasta el final como lo son las señales que aparecen de vez en cuando como un goteo: la cicatriz en la mano de Larrea, las miradas o gestos cómplices entre los protagonistas, la oscuridad de algún personaje, el silencio de otros o la voz de Andrade resonando en la cabeza del protagonista. 

También la aparición inesperada de personajes en momentos inoportunos es otra técnica narrativa que ralentizará la acción y creará más tensión. Así como las trampas a las que se tiene que enfrentar el “héroe”.

Y esta tensión también se agudiza cuando la autora marca unos tiempos en la estructura de la historia, los mismos que Carrús le marca a Larrea para devolverle el dinero prestado. El lector mientras lee las páginas sabe que el tiempo se acaba y peligra la existencia de su protagonista. (Personalmente creo que no hay nada mejor para captar la atención de un espectador que jugar con el tiempo y la estructura de una historia.) De hecho, la historia desde un poco más de la mitad de la obra se acelera y los acontecimientos son más numerosos y suceden mucho más deprisa. La autora ha conseguido con esta técnica mantener la tensión para darle más emoción al final esperado. Poco a poco se va “ganando” al espectador.

El lenguaje y el estilo de la escritora son sencillos y eso también facilita la lectura y comprensión de la historia. Aun así, no hay que pasar por alto algunos aspectos lingüísticos e históricos que me han encantado descubrir en este libro. Y es que María Dueñas ha sabido enmarcar muy bien la historia en la época elegida, siglo XIX. El léxico que emplea te sitúa en ese periodo histórico e incluso, te hace ver que el español de América no es el mismo que el español de la península. “Léperos, chichimeca, gachupín, chamaco, frijoles, tlaco, güera…” son palabras propias de la zona centro de América más frescas que las que del español peninsular de la época, que resultaba más castizo y conservador. (No olvidemos que en el largo viaje que tenía que recorrer nuestro español iba perdiendo algunos matices lingüísticos y recogiendo otros de otras lenguas indígenas.) También, las derivaciones no se hacían igual aquí que allí: “mismito, ahorita, ahoritica,…”. Ni siquiera la fonética es similar. Aunque son escasos los ejemplos en la obra, sí que son suficientes para apreciar la diferencia de habla entre criados y patronos, entre “españoles” e “indios”. (Este tipo de novelas nos recuerda a las decimonónicas, por la época en que se desarrolla y el estilo.)

Sin embargo, en la novela sí que se advierte que el español de América tenía muchas semblanzas con el español del Sur de la península, no olvidemos que la tercera parte se desarrolla en Cádiz y Jérez, puntos clave de entrada y salida de barcos hacia el Nuevo Mundo. En estas localidades los negociantes, soldados, hombres emprendedores,… pasaban largas estancias en las que sería fácil intercambiar conversaciones y lenguas. No es de extrañar que haya similitudes en algunos rasgos fonológicos y léxicos entre el español de América, el canario y el andaluz (como los conocemos ahora). 

Y lo que me ha gustado es que la autora no lo ha pasado por alto, al contrario, ha hecho alusión a ellos y los ha contextualizado con otros aspectos de la intrahistoria que sirven para conocer mejor la época en que se desarrolla la novela, como la ropa tan diferente en los tres grandes escenarios: México, Cuba y España.  O como por ejemplo la preparación secreta de un navío para transportar “negros” desde el Golfo de Guinea y convertirlos en esclavos; el desarrollo tecnológico de los barcos “frescos” o “congeladores” para transportar pescado; los bailes o eventos sociales entre burgueses o “gente bien”; las negociaciones secretas entre comerciantes y empresarios; la descripción de guisos y comidas de distintas culturas,… 

En fin, con todos estos elementos la escritora consigue contarnos la historia de Mauro Larrea. Un hombre que buscando dinero a la desesperada para salir de la ruina se encuentra a sí mismo y además, encuentra el amor que desde el principio cualquier lector típico espera de esta novela. Una historia típica y esperada donde el protagonista viajando por distintos lugares del mundo, viaja por los de su propio ser y consigue encontrarse con su alma, consigo mismo y saber lo que quiere en la vida. Una vez más, nos encontramos con una historia clásica como la de Lazarillo El Buscón, pero sin picaresca.

María Dueñas sabe muy bien a qué público se dirige y le ofrece lo que espera con todos los ingredientes necesarios. Por eso, ha conseguido escribir un best seller que a muchos va a gustar, sobre todo a los que quieren “pasar el rato” y sentirse identificados con algún personaje, con alguna ilusión, con algún enamoramiento,… 


A mí La Templanza también me ha dejado sin palabras cuando he acabado de leerla, porque me gusta en algún momento dejarme llevar por la lectura, conocer otros lugares, otras épocas, otros pensamientos, otros enamoramientos,… sin pensar mucho. A mí me encanta lo español y lo que me ayuda a conocer mejor mi pasado. Y también me gusta que cuando me cuenten una historia me lleven de la mano y me hagan sentir sin esperar nada más que disfrutar. Sí, esta novela es como el pastel que te comes después de una gran comilona, sobra, pero a mí me gusta comer dulce de vez en cuando, aunque esté harta. 

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