Todos los nombres

25 de julio de 2015  “Las circunstancias, sin embargo, son éstas y no otras, aquí no se trata de corajes o cobardías, aquí se tr...


25 de julio de 2015 


“Las circunstancias, sin embargo, son éstas y no otras, aquí no se trata de corajes o cobardías, aquí se trata de la muerte y la vida.” 

Y de eso trata Todos los nombres, de José Saramago. 

Esta novela nos narra cómo don José (curiosamente el mismo nombre que el del autor), un simple escribiente de la Conservaduría General, se aficiona a coleccionar “vidas” de famosos, hasta que un día le llama la atención la de un personaje anónimo, una mujer, que él nombra como “mujer desconocida”. Desde ese momento la historia se convierte en una búsqueda constante y obsesiva de esta mujer. Al misterio de descubrir quién es, se une el hacerlo de forma secreta; ya que don José no puede ser descubierto, pues peligraría su puesto de trabajo. 

Pero para leer a Saramago es necesario estar muy atento a todos los detalles y palabras que utiliza el autor, pues nada es en balde, todo está perfectamente bien engarzado. 
Con pocos ingredientes se cuenta, dicen, la historia de amor más intensa de la literatura portuguesa: Dos grandes espacios, la Conservaduría General del Registro Civil y su hermano gemelo, el Cementerio General. Un solo protagonista, Don José. Y muchos nombres, todos los nombres de vivos y muertos. 

A mí me ha llamado más la atención la forma de contar la historia, que la historia en sí. De hecho, ¿importa conocer a la mujer desconocida al final del todo y saber quién es? 

Me parece extraordinario cómo el autor es capaz de narrar desde distintas voces. Se crea una polifonía muy difícil de explicar. Igual la voz que habla es el narrador omnisciente, los pensamientos del propio protagonista, el techo de su habitación o la voz tranquila del sentido común. De este modo, las tres voces del verbo se van entremezclando según la voz que hable, sin que el lector sea casi consciente de ello. Sin embargo, nunca se pierde el hilo de la historia, al contrario se entienden mucho mejor todas las reflexiones relacionadas con los vivos y con los muertos, con la vida y la muerte.

Además, don José vive escenas fuera de lo común, como deambular por los pasillos del archivo de “los vivos y los muertos” por la noche sin más luz que una linterna y atado a la cuerda de Ariadna; o andar bajo la luz de la luna hasta encontrar la zona de los suicidas en el cementerio; o dormir junto a la tumba de la mujer desconocida; o pasar casi dos días escondido en el colegio de la anónima; o hablar con el techo de su habitación… Este toque surrealista, unido a la polifonía, hace que la historia, aunque pueda entenderse como real, tenga algo que se escapa de la mente racional. Y es que entender la vida y la muerte no es fácil. Y entender que hay que “mantener vivos a los muertos” tampoco es fácil. 

Por eso, se hacen tantas alusiones en la obra a la distribución de los archivos donde se albergan las fichas de vivos y muertos. ¿Cuántas veces se ha desplazado la pared que los separa? ¿Cómo habría que ordenarlos? ¿Dónde está la línea divisoria? ¿Sería mejor separarlos o mantenerlos unidos? ¿Se olvida antes a los vivos que murieron hace más años o a los más recientes? ¿Puede un único nombre resumir toda la vida de un muerto? 

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